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El entrenador como constructor de relaciones

Son muchas las labores de un entrenador de rugby. Así lo analiza Sebastián Perasso, autor de cinco libros con el nombre Rugby Didáctico, en esta nueva entrega semanal. Apela aquí a los filósofos griegos para analizar como deben construir sus relaciones los entrenadores.

El entrenador es el encargado de conducir al equipo hacia el objetivo buscado, es decir, de fijar el rumbo. En el ejercicio de su potestad de conducción es el que ejerce el liderazgo del equipo.

En ese sentido, al entrenador le compete establecer las relaciones entre los distintos miembros que componen un equipo. La calidad, solidez y grado de confianza en que se basen y apoyen las relaciones dentro del grupo, determinará – en gran medida – el éxito en la empresa de que se trate.

El entrenador debe apuntar, en primera medida, a construir relaciones que funcionen, y esas relaciones se basan indefectiblemente en la confianza.

Una de las virtudes más importantes que poseen los grandes líderes, es ejercer el arte de construir relaciones que funcionen. En la práctica, no es posible encontrar relaciones duraderas, edificadas bajo cimientos o pilares que no sean la confianza, como podrían ser la dominación, la subordinación o el miedo, por ejemplo.

En la tarea de construir relaciones, aparecen varios interrogantes que hacen a la conducta del líder y que merecen ser analizados con cuidado y detenimiento: ¿el entrenador debe tratar a todos los jugadores por igual? ¿debe ser flexible con alguno en detrimento de otros, teniendo en cuenta circunstancias y caracteres particulares de sus dirigidos?

A los efectos de adentrarnos en esta cuestión, considero necesario remontarnos muchos siglos atrás, recogiendo el análisis que sobre el tema hicieran los filósofos griegos Aristóteles y Platón.

Aristóteles sostenía en su libro “Política” la distinción entre dos conceptos de igualdad distintos: la igualdad aritmética y la igualdad geométrica.

La igualdad aritmética da porciones iguales a todos (independientemente de su valor); es decir que le da lo mismo tanto a las personas iguales como a las desiguales. En tanto, la igualdad geométrica implica que los iguales deben ser tratados de manera igual por las leyes, si sus circunstancias son similares en los aspectos relevantes.

Asimismo, esa clase de igualdad presupone y requiere que los desiguales sean tratados de manera desigual (la desigualdad en el trato debe ser proporcional a la desigualdad considerada).

Menciona también Aristóteles que cuando éstas condiciones son satisfechas, se habrán regulado las relaciones entre las personas de una manera justa, aunque  - en virtud de la desigualdad existente – alguna de ellas hayan sido tratadas de manera distinta.

En su criterio, la igualdad geométrica o también llamada proporcional, es la más importante. Tanto Aristóteles como Platón consideran el principio de la igualdad aritmética como un error, el cual es subsanable a través de la igualdad geométrica, dando porciones (tratos) iguales a personas que son iguales y porciones desiguales a personas también desiguales.

A fin de señalar la inconveniencia de aplicar la igualdad aritmética, Aristóteles afirmaba que “es tan injusto tratar a iguales desigualmente, como a desiguales, igualmente.”

Hecha esta pequeña introducción, resta saber sobre qué clase de igualdad deben basarse y apoyarse las relaciones del entrenador con sus jugadores.

Quienes pregonan una igualdad de tipo aritmética dirán que “todos son iguales, porque todos son jugadores”. Por el contrario, quien adhiere a la igualdad geométrica en el trato, dirá que “todos los jugadores son distintos y que cada persona es única e irrepetible.”

En mi apreciación personal, me inclino por sostener una igualdad geométrica en el trato, apuntando a que las personas (como las situaciones) desiguales, deberán ser tratadas de un modo desigual, pero midiendo y calibrando las desigualdades con una misma vara.

Esto último es fundamental porque de lo contrario la igualdad geométrica se transformaría en desigualdad lisa y llana e injusticia en el trato.

Medir con la misma vara, implica ser justo en el trato. No ser rígido e inflexible para algunos y excesivamente permisivo y tolerante para otros. Si sostenemos una igualdad aritmética cometeríamos un error, porque estaríamos tratando igual a jugadores que posiblemente no lo sean.

Es un hecho que no  todos los jugadores son iguales. Para algunos una palmada o una palabra de aliento es un derroche de motivación y confianza y para otros puede resultarles indiferente. Por parta parte, no todos se motivan de la misma manera, por lo que la misma receta no tendrá igual recompensa si cambia el destinatario.

Que el entrenador tenga ciertas licencias y consideraciones con uno en detrimento de otros, o que haga diferencias puntuales en ciertos aspectos, es entender y comprender la naturaleza humana del deportista y su realidad actual.

De la misma forma, aquel padre que le presta mas atención a su hijo descarriado por sobre el otro – más centrado y responsable – no significa en manera alguna desigualdad o que lo quiera más que al otro.

Será importante, entonces, que el entrenador desarrolle la capacidad de evaluar la conveniencia o no, de practicar cambios en el trato que eleven la autoestima de los jugadores y bajo ningún concepto alteren al grupo, ni produzca resentimiento ni quejas en los demás.

Sin embargo, a pesar de los matices en el trato, producto de la aplicación de una igualdad de tipo geométrica, todo debe tener un límite. Bajo ningún concepto es posible sacrificar reglas y pautas generales de comportamiento para atender motivos particulares.

De lo contrario, entraríamos en el relativismo de tener que poner a consideración absolutamente todo, en aras de poder atender cada una de las situaciones particulares de los jugadores.

En rigor, lo que puede haber es flexibilidad en el trato, producto de los caracteres y personalidades distintivas de cada jugador, pero siempre inflexibilidad o rigidez en cuanto al acatamiento de las leyes y normas preestablecidas.

El entrenador deberá encontrar el equilibrio adecuado para no generar celos ni antipatías entre los jugadores, resguardando por sobre todo la unidad del grupo.

En síntesis, llevar adelante la conducción de un grupo y establecer las relaciones entre sus miembros es un verdadero arte, que nunca va acompañada de la misma receta, por lo que está en cada entrenador como conductor, encontrar la mejor manera de optimizar las relaciones entre sus dirigidos.

Por: Sebastián Perasso
Rugby Didáctico
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